Resacón Electoral

Segundas partes nunca fueron buenas…después de 6 meses “sin gobierno”, aunque pareciesen 4 y medio, y de una de las elecciones más importantes y esperadas de nuestra historia, ya se huele a Gobierno. Un Gobierno frágil, quemado y sin regenerar, el cual tendrá que licenciarse en Negociación de Pactos y aprobar un máster en Transparencia y Anticorrupción, doctorarse en Estabilidad de Crecimiento Económico y conseguir la Cátedra de Supervivencia sin Recortes…la cuestión es que las asignaturas, no son de primera matrícula…

Desconcertados y anonadados por los resultados oficiales que contrastan de forma considerable con las encuestas del algodón, que nunca engañan…resultados donde los “malos” parecían perder fuerzas y los “buenos” ganarlas o donde existía la esperanza del cambio, ese que pedimos desde hace años, o donde nos condenaría a “lo más vale malo conocido…”

Y es que ya no merece la pena que sigamos metiendo la chapa sobre cómo son los partidos políticos corruptos, llenos de cal viva, chavistas o de nuevas generaciones que ya conocéis, sino de la resaca. La resaca que millones de españoles vivimos después del 26J en bares, oficinas, redes sociales y demás foros sociales donde necesitamos expresar nuestra opinión sobre el acontecimiento y la actualidad. Una resaca que más que malestar por la ingesta de alcohol supone un malestar por el ejercicio del derecho al voto del vecino, una resaca que cruza la línea roja entre las secuelas de una noche inolvidable y atenta contra uno de los pocos derechos que se pueden considerar como “democráticos” (si es que de verdad se puede considerar así).

Resaca

Es democrático opinar sobre las políticas que se implantan o se dejan de implantar, sobre las tramas de los diferentes partidos incluso sobre la inesperada corbata de Pablo Iglesias o las reiterantes expresiones sinsentido de Mariano Rajoy. ¿Por qué después de unas elecciones como estas, criticamos a nuestros vecinos sobre su incultura, ideología u opinión? Llamamos a nuestro país de ignorantes porque no piensan como nosotros o maldecimos con deseos de emigrar a otro país más desarrollado pero donde sus políticas económicas y gobiernos son más conservadores que las nuestras. Nos quejamos de falta de educación, razonamiento e inteligencia, incluso de inconsciencia pero, ¿debemos de maldecir por qué el vecino prefiera como dirigente al que nos ofrezca sorprendentes reflexiones como “es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde”?

 Así son las reglas actuales del juego de lo que consideramos como “democracia” y así seguirán, probablemente, durante mucho tiempo hasta que no dejemos de blasfemar sobre nuestras diferencias y unamos todos esas desavenencias para reconstruir una sociedad a la deriva, vacía de valores y donde no haya nada por encima de las tres palabras más valiosas de la “democracia” occidental moderna: liberté, égalité, fraternité.

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